El día que nos vimos pasar
La luz del semáforo estaba en rojo. Ferrari apoyaba un pie en el suelo mientras mantenía el equilibrio sobre la bicicleta con esa dignidad mecánica suya, como si incluso quieto estuviera preparado para salir disparado hacia alguna misión imposible. Velcor tenía las manos escondidas dentro de las mangas porque el viento de la tarde bajaba frío desde la montaña. Y yo… bueno, yo estaba sentado en el remolque mirando a los coches como un jubilado observa obras. Con juicio. Mucho juicio. Entonces pasó Milfred. O mejor dicho: pasamos nosotros. Ferrari fue el primero en verlo. —Mira —dijo sonriendo—. Ahí van Ferrari, Jack y Velcor. Y saludó. Saludó de verdad. Con la mano. Como un idiota precioso. Dentro de Milfred iban tres versiones nuestras atravesando otro punto del tiempo. Quizá de hace dos años. O de dentro de cinco. Da igual. El caso es que ahí estaban: avanzando despacio entre el tráfico, mirando distraídos por la ventana, sin darse cuenta de que los mirábamos. Sin saber aún todo lo qu...