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El viejo Joe

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Lamo mi pata, y el sabor a salitre me transporta de nuevo a Methoni, que queda ya unas tres horas a nuestras espaldas. Milfred avanza, Ferrari conduce en silencio, con su cabeza ligeramente girada y apoyada en su brazo, y Belkor, recostada hacia atrás, muestra un semblante serio de introspección. Yo imito, como tantas veces, la imagen de la gran esfinge egipcia. Sí, esa misma que antes de tener cabeza de león representaba a un elegante perro, acomodado en la postura que ahora mismo mantengo, en reverencia al dios Anubis. Al instante percibo una suave brisa, un soplo templado, y mi vello dorsal se eriza por un momento. Como si esa sensación fuese una caricia del mismísimo desierto sobre mi lomo, comienzo a jadear. Han pasado solo unas semanas, pero el sol golpea con mucha más furia que durante nuestro camino de ida, y el aire se hace, a ratos, casi irrespirable. Estoy seguro de que el asfalto a nuestros pies debe sentirse como magma, pero Milfred circula firme, como un faquir sobre bras...

La carretera del fin del mundo

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Intento dormir, pero la castigada carretera griega hace que no me sea difícil imaginar que viajo a bordo de una lavadora estropeada, despeñada por un acantilado mientras ultima, hastiada, el programa de centrifugado. Me levanto y me estiro. Bostezo. Me dirijo a la zona delantera, a ver qué traman estos dos morenos. Tan pronto como mi hocico, movido de forma residual por el feliz ritmo de mi cola, aparece al lado de Ferrari, este rompe en una sonora carcajada y en un efusivo saludo, a la vez que me invita con su brazo derecho a ocupar, junto a él, su puesto de conductor. —Si cumple 18 años, le enseño a conducir— le he oído decir a este pequeño fanfarrón, sacando pecho, tratando de impresionar al grupo de oyentes que tuviera en ese momento. Y ahí quedaría, en un alarde de grandeza sin mayor recorrido, si no fuera porque para Ferrari la palabra tiene el peso del iridio y ha de ser cumplida siempre, aunque cueste sangre; a veces por pura logística de lo planeado, a veces tan solo por mera ...

Σκύλος (skýlos)

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Grecia y los perros son dos conceptos indivisibles, como lo serían el apio en un Bloody Mary hecho como Dios manda, o la cebolla en una tortilla de patata para cualquiera que no necesite —o merezca— asistencia psiquiátrica urgente, o la horca, o ambas, incluso varias veces. Σκύλος, perro en griego. Pero su verdadero significado difícilmente podría condensarse en una sola palabra. Los antiguos griegos estaban convencidos de que los perros no eran simples animales. Eran guardianes, compañeros y criaturas capaces de percibir aquello que escapa a los ojos humanos. Veían en ellos unos sentidos capaces de alcanzar una parte de la realidad inaccesible para nosotros, una que, aun sin comprenderla, intuimos imprescindible. La mitología griega está plagada de pasajes tan esclarecedores como conmovedores. Argos esperó durante veinte años el regreso de su dueño, Odiseo, para convertirse en el único capaz de reconocerlo a su vuelta, disfrazado de mendigo. Cumplida su última misión, murió en paz. La...

Mythos y logos

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Milfred continúa rodando por la larga carretera italiana, con el aplomo y la seguridad de un anfitrión que te enseña orgulloso su casa por primera vez. Belkor y Ferrari ríen y cantan, sumándose al rumor constante del viejo motor diésel, que trabaja alegremente en la parte alta de su rango de revoluciones. Yo observo el paisaje por la ventana y, de repente, sé que estamos en Bolonia. Solo aquí verías extensos campos de cannabis desplegados a ambos lados de la autopista, creciendo al sol sin preocuparse demasiado por quién los vea. Inspiro profundamente y recuerdo que, gracias a esta planta sagrada, sigo moviendo la cola. Unas horas más tarde empiezo a reconocer lugares. Creo que fue en este mismo cruce donde nos encontramos con nuestras versiones del pasado, viniendo desde Holanda. Durante un instante, viajamos los seis juntos hacia el sur: Ferrari, Belkor y yo de entonces, y Ferrari, Belkor y yo de ahora. Ellos no parecen darse cuenta. Yo sí. Los perros estamos más atentos a esas cosas...

El día que nos vimos pasar

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La luz del semáforo estaba en rojo. Ferrari apoyaba un pie en el suelo mientras mantenía el equilibrio sobre la bicicleta con esa dignidad mecánica suya, como si incluso quieto estuviera preparado para salir disparado hacia alguna misión imposible. Velcor tenía las manos escondidas dentro de las mangas porque el viento de la tarde bajaba frío desde la montaña. Y yo… bueno, yo estaba sentado en el remolque mirando a los coches como un jubilado observa obras. Con juicio. Mucho juicio. Entonces pasó Milfred. O mejor dicho: pasamos nosotros. Ferrari fue el primero en verlo. —Mira —dijo sonriendo—. Ahí van Ferrari, Jack y Velcor. Y saludó. Saludó de verdad. Con la mano. Como un idiota precioso. Dentro de Milfred iban tres versiones nuestras atravesando otro punto del tiempo. Quizá de hace dos años. O de dentro de cinco. Da igual. El caso es que ahí estaban: avanzando despacio entre el tráfico, mirando distraídos por la ventana, sin darse cuenta de que los mirábamos. Sin saber aún todo lo qu...

No estaba muerto, estaba de parranda (con acento mejicano)

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Hola amigos. Tras mi necesario y merecido retiro espiritual vuelvo a dirigirme a todos vosotros. Y no lo hago por gusto, ni porque os haya echado de menos. Ni porque mi cerebro necesitase una nueva dosis de adrenalina con la que alimentar a este personaje desmesurado. Han pasado ya unas cuantas semanas sin noticias, y he visto necesario salir a desmentir los rumores y comentarios que comenzaban a escucharse:  No, no me ha atropellado un camión y estoy ya criando malvas. Tampoco me han detenido en la triple frontera sudamericana portando fardos de cocaína cosidos en un arnés de camuflaje, ni me he rapado la cabeza y me he retirado al Tíbet a meditar sobre la existencia con los monjes. No he cambiado de identidad y estoy en Alaska buscando oro, ni me he enrolado en un barco pirata, aunque perfectamente podría haberlo hecho. Bien, una vez aclarados todos estos puntos podría dejarlo aquí y retomar la actividad que estaba haciendo, pero ya que me he puesto delante de la pantalla después...

Un alto en el camino

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Era mayo de 2021 y lo recuerdo como si fuera ayer. Aquella mañana, pronto, Belkor, como muchos otros días, cogió su mochila y me llevó de excursión. No sería un paseo normal y corriente, lo cual deduje al detectar su respiración rápida y mirada enfocada en la lejanía. Por entonces llevábamos 6 semanas en las que solo nos habíamos tenido el uno al otro, y el cambio más sutil en su expresión me era suficiente para hacer una lectura precisa de la situación. Salimos de casa y la puerta se cerró con contundencia a mis espaldas. Caminé a su lado sin mirar atrás. Montamos en el tren, y después en otro tren, este muy rápido, hasta llegar a París. Cruzamos de sur a norte la ciudad de la luz bajo un sol de verano. Paseamos, nos hicimos fotos, vimos patos y bebimos de fuentes en la calle. Llegamos a la estación donde el frío suelo me pareció un oasis en el que refrescarme tumbado durante un par de horas... y otro tren. Exactamente dos siestas y media después llegábamos a Amsterdam, Central Statio...