La carretera del fin del mundo
Intento dormir, pero la castigada carretera griega hace que no me sea difícil imaginar que viajo a bordo de una lavadora estropeada, despeñada por un acantilado mientras ultima, hastiada, el programa de centrifugado. Me levanto y me estiro. Bostezo. Me dirijo a la zona delantera, a ver qué traman estos dos morenos. Tan pronto como mi hocico, movido de forma residual por el feliz ritmo de mi cola, aparece al lado de Ferrari, este rompe en una sonora carcajada y en un efusivo saludo, a la vez que me invita con su brazo derecho a ocupar, junto a él, su puesto de conductor. —Si cumple 18 años, le enseño a conducir— le he oído decir a este pequeño fanfarrón, sacando pecho, tratando de impresionar al grupo de oyentes que tuviera en ese momento. Y ahí quedaría, en un alarde de grandeza sin mayor recorrido, si no fuera porque para Ferrari la palabra tiene el peso del iridio y ha de ser cumplida siempre, aunque cueste sangre; a veces por pura logística de lo planeado, a veces tan solo por mera ...