El viejo Joe
Lamo mi pata, y el sabor a salitre me transporta de nuevo a Methoni, que queda ya unas tres horas a nuestras espaldas. Milfred avanza, Ferrari conduce en silencio, con su cabeza ligeramente girada y apoyada en su brazo, y Belkor, recostada hacia atrás, muestra un semblante serio de introspección. Yo imito, como tantas veces, la imagen de la gran esfinge egipcia. Sí, esa misma que antes de tener cabeza de león representaba a un elegante perro, acomodado en la postura que ahora mismo mantengo, en reverencia al dios Anubis. Al instante percibo una suave brisa, un soplo templado, y mi vello dorsal se eriza por un momento. Como si esa sensación fuese una caricia del mismísimo desierto sobre mi lomo, comienzo a jadear. Han pasado solo unas semanas, pero el sol golpea con mucha más furia que durante nuestro camino de ida, y el aire se hace, a ratos, casi irrespirable. Estoy seguro de que el asfalto a nuestros pies debe sentirse como magma, pero Milfred circula firme, como un faquir sobre bras...