Un alto en el camino
Era mayo de 2021 y lo recuerdo como si fuera ayer. Aquella mañana, pronto, Belkor, como muchos otros días, cogió su mochila y me llevó de excursión. No sería un paseo normal y corriente, lo cual deduje al detectar su respiración rápida y mirada enfocada en la lejanía. Por entonces llevábamos 6 semanas en las que solo nos habíamos tenido el uno al otro, y el cambio más sutil en su expresión me era suficiente para hacer una lectura precisa de la situación. Salimos de casa y la puerta se cerró con contundencia a mis espaldas. Caminé a su lado sin mirar atrás. Montamos en el tren, y después en otro tren, este muy rápido, hasta llegar a París. Cruzamos de sur a norte la ciudad de la luz bajo un sol de verano. Paseamos, nos hicimos fotos, vimos patos y bebimos de fuentes en la calle. Llegamos a la estación donde el frío suelo me pareció un oasis en el que refrescarme tumbado durante un par de horas... y otro tren. Exactamente dos siestas y media después llegábamos a Amsterdam, Central Station, donde un delgado y solitario Ferrari me esperaba con los brazos abiertos. La pandemia aun daba sus últimos coletazos, pero los usamos como trampolín para escribir una nueva aventura.
Hace apenas dos semanas que volví a cruzar aquella puerta que dejaba cinco años atrás con Belkor. Entro y automáticamente camino por todo el perímetro olfateando a una velocidad vertiginosa hasta que finalizo el mapa mental del lugar. Han sido solo unos minutos. Bienvenido a casa. Me tumbo en mi esquina y me relajo, cierro los ojos e inspiro profundo, mientras viene a mi mente un flashback. Uno más.
Recuerdo la primera vez que crucé esta puerta, la del que sería mi primer hogar tras abandonar la cárcel perruna. Aquel boxer blanco que se había mostrado amistoso y con el que había estado jugando en la calle tan solo unos minutos antes entró apresuradamente en aquella casa y se dio la vuelta, situándose cerca de la entrada, con celo, como un gorila de discoteca. Me clavó la mirada y yo entré temeroso, casi empujado por un joven y melenudo Ferrari. Caminaba despacio oliendo las esquinas mientras quien parecía mi nuevo compañero de celda examinaba cada uno de mis movimientos ¿Sabes esa sensación en la calle, indescriptible, como de que viene tormenta? No se ve, pero se siente de forma completamente certera. De repente, olí aquel hueso a medio masticar en el suelo y en lo que tardó mi cerebro en enviar la orden de salivar, ¡zas!, el enorme boxer se lanzó con sus fauces contra mí. "Bueno, hasta aquí hemos llegado, joven Jack, ha sido breve pero no ha estado mal" pensaba en mis adentros mientras cerraba los ojos. Fueron solo unos segundos y la jerarquía quedó firmada. Ni un rasguño. Ferrari había visto toda la secuencia sin intervenir, estaba claro que confiaba en su pupilo. Recuerdo envidiar aquella mirada de orgullo hacia el gran Bruce.
Los días transcurrían mientras salía a conocer el que sería mi barrio bajo el ala de mi nuevo jefe. Nos cruzábamos con todos los perros de la zona. Muchas veces me veía rodeado de una multitud de canes que me olisqueaban, detectando mi debilidad. Yo me hacía pequeño, muy pequeño, y me preparaba para el ataque del más chungo de ellos, que ya posaba su cabeza sobre mi cuello de forma dominante enseñando sus colmillos, alardeando ante la multitud. Yo cerraba los ojos y esperaba la ineludible embestida, mientras recordaba las escenas vividas en la cárcel de perros de la que venía, algunas escritas en mi cara. "Aguanta Jack, saldrás de esta" Era un perro inseguro, un pardillo, carne de cañón. Pero esta vez era distinto. Una sombra fría se cernía sobre el grupo y la multitud se dispersaba, hasta el abusón que instantes antes tenía su cabeza sobre mi cuello reducía su postura corporal y metía el rabo entre las piernas mientras se retiraba hacia atrás en reverencia. Pobre del que no lo hiciera así. El gran Bruce. Su sola presencia intimidaba y resolvía situaciones. Siempre contundente. Siempre justo. El primo de Zumosol, mi primo de Zumosol. Y desde entonces todo cambió. Corrimos juntos, investigamos el bosque y me enseñó a defenderme de los agresores. Sin duda él me abrió la puerta a lo que soy hoy. Fueron sólo unos meses y de repente, un día nuestros caminos se separaron para siempre. Cosas de la vida. Y quedamos solos, Ferrari y yo. Fue el inicio de una historia que ya conoces. Hoy sé que Bruce está ya ahí arriba junto a Charlie, y Rufo, y Sua, y tantos otros. Qué suerte tienen de estar bajo su mando.
Bajo las escaleras trastabillado y vuelvo al barrio que desde hace años gobierno yo. Paseo y veo caras nuevas que corren hacia mí a mostrarme sus respetos, lamiéndome las comisuras de los labios, como si fuera Don Vito paseando entre los puestos callejeros de fruta. Corrijo a algún joven pretencioso, pero un solo gesto basta. También veo a alguno de la vieja guardia, pocos ya, cojean y tosen, pero mueven sus colas vigorosamente cuando me reconocen después de tanto tiempo.
Un alto en el camino. Milfred nos trajo a casa desde Portugal. Hicimos escala unos días en Asturias y terminamos en Virgen del Mar. Volví a correr por la playa y a chapotear en el agua. Apenas podía hacerlo sin tambalearme al inicio del viaje, lo recuerdo. La última mañana Ferrari coge su bici y desaparece. Vuelve pasada una hora con un ramo de flores. Subimos la colina y dejamos el pequeño obsequio a los pies de la estructura de piedra. Hicimos lo mismo hace más de un año. Aquí comenzó todo. Hay silencio unos instantes y bajamos el prado corriendo mientras Belkor y Ferrari gritan y ríen. Yo salto tras ellos. Por suerte somos incorregibles.
Serán unas semanas de descanso en los que Ferrari pondrá a punto a Milfred para seguir rodando a nuestro nuevo destino. En lo que a mí respecta, me toca pasar una nueva ITV. Soy viejo y tengo varios frentes abiertos y achaques propios de la edad, pero sorprendentemente, las piezas siguen encajando y todavía me siento fuerte para seguir patrullando y poniendo orden en mi barrio. Qué bien sienta volver a casa, y más aún cuando un nuevo destino espera en el horizonte. En breves partiremos hacia Grecia. Belkor, Ferrari, Milfred y el joven e inseguro Jack, disfrazado de viejo líder que cierra sus ojos tranquilo cuando recuerda el aliento del gran boxer blanco.






