La ley de las dos esquinas
En esta vida a veces toca ser cazador, y otras veces presa. En la clase de hoy os hablaré de una táctica de evasión tan básica como efectiva, que un día puede salvaros el pellejo si os toca ir corriendo delante. La ley de las dos esquinas. No es teoría ni épica, es minimalismo aplicado a la supervivencia. Una sola esquina rompe la línea de visión del perseguidor, pero no te salva. Da un alivio falso, justo donde la mayoría afloja y comete el error de relajarse. Con dos esquinas, en cambio, rompes la persecución. Cada giro corta vectores, siembra la duda en el perseguidor y reduce exponencialmente la probabilidad de ser interceptado. Rascar décimas de segundo al generar incertidumbre: ese es el objetivo. No va de correr más ni de ser más fuerte, va de disciplina y experiencia. No relajarse en el primer respiro, no mirar atrás, no creerse a salvo hasta haber pasado una más. Porque la vida, como un enemigo viejo, siempre ataca cuando cree que ya has bajado la guardia.
Esto lo aprendí persiguiendo a los gatos del barrio. Maestros escapistas. En línea recta mi sprint les resultaba insuperable, pero un quiebro, un cambio de dirección súbito, y la distancia se multiplicaba de repente por cien, como por arte de magia. Otro quiebro más y ya perdías de vista al gatuno en cuestión. Para cuando llegaba a la última intersección, el gato perseguido era ya un recuerdo en blanco y negro, y yo un perro torpe, ralentizado por el mar de dudas que suponía tener que decidir entre tres o cuatro rutas posibles.
Hace diez años yo vivía en Inglaterra y era, al parecer, un perro poco común por aquellos lares. Un cuello muy largo, decían asombrados. Solía salir a correr y a andar en bici, y muchas veces me peleaba con otros perros. Cosas de la adolescencia. Por entonces mi vida era una montaña rusa de emociones y aventuras. Yo era un huracán con patas, un terremoto… hasta que un día el terremoto llegó a mí, sin previo aviso.
Recuerdo la primera vez. En un instante los sonidos se volvieron agudos y lejanos, la visión borrosa y centelleante, mientras caía de lado. El resto es un recuerdo difuso del que despertaba ciego, exhausto, como si hubiera corrido un sprint eterno con los gatos del barrio, delirando y oliendo colorines. Aquel día, un viernes por la tarde, fue un susto que nos llevó a urgencias. La segunda vez, a las pocas semanas, fue el prólogo del reto más grande y, a la vez, de la historia más épica que he vivido. También la más dura, pero sin duda la que me ha convertido en lo que soy. La semana siguiente el episodio se repitió una mañana, pero las crisis se sucedieron durante toda la tarde hasta bien entrada la noche, convirtiéndose en una auténtica emergencia.
La epilepsia es como tener los mandos de tu vida en manos de un par de monos muy nerviosos, fumando meta en una pipa de cristal y gritándose entre ellos, durante unos minutos. Por aquella época, cuando volvimos a España, en gran medida empujados por mi enfermedad, me sometieron a un sinfín de pruebas. Incluso estrené una máquina de resonancia magnética que parecían haber instalado para mí. Sacaron fotos de mi cerebro y me hicieron miles de análisis, pero nada, no había causa subyacente para una enfermedad que seguía su curso lento pero constante, como si quisiera llevarme por delante.
Me recetaron una pauta de medicamentos que durante unos meses pareció espaciar las crisis lo suficiente, pero, como suele suceder, la epilepsia encontró la forma de seguir avanzando. Nuevo cóctel de fármacos para seguir capeando el temporal e intentar sacar distancia a una enfermedad que me pisaba los talones con ganas de darme la dentellada final, pero nada daba con la tecla definitiva. Por entonces sufría una amplia gama de efectos secundarios. No tenía coordinación en el tren trasero de mi cuerpo encorvado y envejecido de la noche a la mañana, tenía erupciones en la piel, estaba irritable y a veces padecía ataques de dolor espontáneos. Las crisis epilépticas en racimo ya eran rutina, aparecían cada menos de dos semanas y solo podían aplacarse con pautas de emergencia que me dejaban KO durante cinco días, para volver después al mismo círculo vicioso. Yo tenía siete años y una mano pésima para sobrevivir a aquella partida endiablada, en la que mi oponente tenía las cartas marcadas y media sonrisa sarcástica esbozada en su rostro. La eutanasia parecía la salida más noble, pero Ferrari se negó y comenzó un trabajo de investigación que lo tuvo unas semanas ausente pegado al ordenador.
Recuerdo oírle hablar de homeopatía, flores de Bach o incluso de cultivar amapolas para extraer su principio activo. Pasó noches enteras leyendo y, de repente, sonrió. Marihuana. Los que me conocéis ya sabéis que soy firmemente abstemio. Nunca he probado ni la cerveza, y mi postura ante los porros era similar, pero Ferrari inició un acoso y derribo para convencerme. Me contó que en su época universitaria fue su compañera diaria, que en las fiestas todo el mundo la fuma. Incluso el Fary le había dedicado una canción, La Mandanga. Y claro, finalmente accedí. Tampoco tenía muchas alternativas. Al día siguiente Ferrari volvió a casa con un bote de aceite y comenzamos a deshojar la margarita de lo que podía ser mi última oportunidad. Empecé a tomar aquel aceite de marihuana junto al resto de mis medicamentos antiepilépticos, que ya estaban en dosis máximas.
Los dos primeros días los pasé durmiendo en una esquina, pero enseguida desperté como si nada. Al principio no hubo cambios y el demonio de la epilepsia seguía puntual a la cita, con su virulencia de siempre. Subimos la dosis un par de veces más, pero nada. Recuerdo estar tumbado de lado en el frío suelo y reconocer la cara enfurecida de Ferrari entre convulsiones, como diciendome “pon algo de tu parte, joder”. No era él, era su impotencia la que hablaba. Nunca fue amigo de verse morir en la orilla, quedándose sin planes.
No se si fue esa bronca absurda que me echó, el chutazo de aceite que tomé esa noche como medida desesperada, o el aumento último y definitivo de dosis, pero aquel día marcó el punto de inflexión que estábamos esperando. Pasaron las dos semanas de rigor y la epilepsia no aparecía. Las semanas se convirtieron en meses y, como por arte de magia, la epilepsia no volvió a visitarme. Si amigos, le saqué las dos esquinas reglamentarias de ventaja. Medio año más tarde Ferrari comenzó a reducirme progresivamente la dosis de los anticonvulsivos convencionales hasta que año más tarde ese aceite mágico era mi única medicina. Los horribles efectos secundarios desaparecieron y así, aquel joven Jack culminó su primera gran remontada. La primera de muchas como ya os he ido contanto. Hoy hace más de 7 años desde la última crisis.
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Fuerteventura es un fósil viviente. Es, con diferencia, la más vieja de las siete islas, y eso se nota si sabes mirar. Sus paisajes áridos y rojizos llevan peinados por el viento desde que tú, humano, vivías en los árboles. Otra de sus peculiaridades es la intensidad del sol que pega aquí y la limpieza de sus cielos, fenómenos interconectados que hacen de la noche estrellada un espectáculo, y que la luna llena te haga dudar sobre si ha amanecido de nuevo y te ha pillado en pijama.
La playa más larga que he visto está aquí, y también, probablemente, la más bonita. Allí armamos un día la tienda de campaña. Nuevas playas de arena blanca y negra sobre las que galopar; pueblos casi fantasma con esqueletos de hormigón abandonados, testigos mudos de la peor herencia del pelotazo inmobiliario español; cabras y gatos… pero no solo eso. Empezamos en el puerto, donde mantas raya se pasean con altanería por las aguas semiconfinadas. Rayas de dos metros. Dice la leyenda, y el señor con una cerveza en la mano que nos lo contó, que la madre de todas mide cuatro metros y vigila desde la entrada. Por la noche, las mantas raya dan paso a los tiburones angelote. Dos especies con costumbres similares, que compiten por los mismos recursos, pero que, como por un pacto tácito, acuerdan turnos para patrullar las aguas y no pelearse. Ya en tierra, tortugas heridas se recuperan en una especie de campamento. A alguna le falta una pata, pero al parecer son tan listas que continuarán nadando como si nada cuando las devuelvan al mar. Fuerteventura, gran fortuna.
La semana que viene volveremos al ferry y nos moveremos a otra isla. Milfred continúa sobria su ruta, despacio pero constante. Sin estridencias ni afán de protagonismo. Fiable como ella sola. Poco se habla de Milfred. Merece un capítulo aparte.









