Llueve
Una sola palabra que significa un mundo. Una frase en sí misma. Llueve. Tan potente e inmensa que no necesita quién la ejecute. ¿Quién llueve? ¿Acaso tú osas llover? No puedes. Nadie llueve. Simplemente, llueve. La borrasca Emilia vino a despedirnos y nos regaló cuatro días y cuatro noches de chaparrones intensos, viento y frío del que cala. Hacía tiempo que no sentía el frío y el viento húmedo pegándose a mi cuerpo, metiéndose por los huesos, y de repente recordé lo viejo que soy. Uno tarda poco en acostumbrarse a lo bueno, dicen. Estamos a punto de abandonar Tenerife y la isla parece algo molesta con nosotros, como si no le hiciera gracia que nos vayamos ahora. Han sido siete meses intensos que han dado para mucho: playas, sol, calor, perros callejeros, terrazas, Mancha… y un volcán que lo gobierna todo desde casi cuatro kilómetros de altura, observándonos sin decir nada.
Llueve, sí, pero la lluvia nunca me ha parado. Al contrario. Cuando llueve se respira mejor, más fresco, y los olores se vuelven más nítidos. El mundo huele más a mundo. Cuando huelo soy capaz de interpretar el quién, el cuándo y el cómo de cualquier suceso a un par de kilómetros a la redonda. No es magia, es método. Al inspirar una fracción mínima de aire, esta se desvía casi por completo a mi sistema olfativo, donde recorre un laberinto de cornetes que ralentizan el flujo y obligan a cada molécula a presentarse con nombre y apellidos. Mi cerebro hace el resto: compara, cruza datos, descarta ruido y reconstruye historias completas. Es imposible que lo comprendas. ¿Imaginas poder oler a colores? Pues eso. Ahora que soy viejo y mi vista y mi oído ya no son los de antes, el olfato es, más que nunca, mi ventana al mundo, como lo es para ti abrir el periódico por la mañana.
Me gustaba correr por la playa cuando llovía o subir al monte sin un plan claro, a perdernos, perseguir suricatos y volver calado a casa. Allí me fundía con mi albornoz de dinosaurio, ese que huele a hogar y a siestas largas. Después comía un par de bocados y echaba el resto del día tumbado junto a la estufa, esperando a que el mundo se secara un poco antes de la siguiente carrera.
Hace un par de días subimos a despedirnos del volcán. Él también parecía saberlo, porque se había vestido de blanco para la ocasión. Las toneladas de lava negra y ceniza volcánica apostadas por las laderas, que un día fueron protagonistas de uno de los mayores cataclismos de esta tierra, intentan ahora camuflarse también bajo el manto blanco para parecer inocentes, pero no lo consiguen. Me recuerdan al lobo vestido de Caperucita. El volcán todavía vibra desde aquella última vez y la lava aún está templada, viva, recordando.
Abajo llueve, pero aquí arriba la lluvia cayó en forma de nieve. Hacía más de diez años que la nieve no cubría el Teide. Me siento un privilegiado. Bajo del coche y mis patas tocan el suelo blanco y frío, y automáticamente siento la necesidad de correr montaña arriba, como si alguien hubiera pulsado un interruptor antiguo dentro de mí. Ferrari me persigue, pero no puede darme alcance. Belkor, a lo lejos, disfruta de la escena y ríe. Yo corro. Corro como antes. Por unos segundos, todo es exactamente igual que siempre.
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La última semana la he pasado mano a mano con Belkor, lo que significa orden, rutinas y tranquilidad... y orden. A ver, no digo que sea una dictadora en potencia, ni mucho menos, pero digamos que con Belkor hay que seguir unas reglas. Sus reglas. Y aquí no aplica aquello de Groucho Marx sobre los principios: si no te gustan, tengo otros. No. Aquí hay estas normas y punto. Las horas de comer son estrictas, como en una cárcel estadounidense. Con Ferrari puedo picar un poco de aquí y de allá, dejar media ración para más tarde o rechazar el menú si no lo encuentro óptimo. Con Belkor olvídate. Las 9:00 am: se sirve el desayuno. Las 9:05: Se retira el cuenco, esté como esté. Y hasta el próximo pase en el que te servirá la cena con la misma mano de hierro. Tampoco me deja escarbar la cama, ni dar paseos nocturnos por Milfred, ni merodear la cocina en horas estratégicas por si cae algo. Lo dicho: régimen militar. Ferrari tuvo que volar a casa para hacer unas gestiones… pero ya ha vuelto al frente.
Hoy hemos madrugado y tras un desayuno rápido hemos dado el paseo de rigor aún a oscuras. Nos movemos en Milfred y nada más abrir los ojos tras mi primer bostezo del día ya estamos haciendo cola para embarcar al ferry. A veces me despierto en sitios sin saber cómo he llegado, pero ya no me preocupo. Milfred, que tiene personalidad propia, ha decidido entrar marcha atrás a los garajes del barco. Con decisión. Con estilo. Con la arrogancia tranquila de alguien que sabe que va sobrada. Ahí estaba, rodeada de trailers, camiones y contenedores, Milfred, sonriente, blanca e imponente, como el volcán que dejamos atrás cuando este catamarán de hojalata arranca con un rugido contenido. No es un adiós, es un hasta luego. Y no es una frase bonita para cerrar el texto, es una cita ya marcada en el calendario. Sé que no me queda mucho tiempo, pero pienso pasarlo huyendo del frío, que es una actividad muy digna para un perro viejo.
Ferrari me sube en brazos por las escarpadas escaleras, desde el garaje inferior hasta la cubierta principal. Antes habría protestado por orgullo, pero ahora entiendo la logística. Me posa con cuidado en el suelo y camino galante por el barco, cruzando miradas con tripulación y pasajeros sonrientes. Lo noto, tengo cara de haber vivido cosas. Han preparado una cama para mí en el salón. No para cualquiera montan una cama en un ferry. Belkor se sienta a mi lado. Todo está en orden.
Atrás va quedando Tenerife, la isla de la eterna primavera. La del ascenso a la luna, la del volcán que manda sin hablar, la de la calima que lo cubre todo y las playas de arena negra donde el agua chapotea mientras corro como si no hubiera un mañana. Aquí he aprendido a dosificar fuerzas, a escuchar más y a oler mejor. Ahora toca mirar adelante y abrir un nuevo capítulo. El ferry avanza, el mar se mueve con ese balanceo que invita a la siesta y yo suspiro profundamente. Cierro los ojos para cargar pilas.
Nos vemos pronto. No hace falta decir dónde. Yo ya lo huelo.








