Alimañas

Gran Bretaña, Skye, Tenerife, Gran Canaria, Fuerteventura y Lanzarote. Seis islas. Vale, Skye es isla por los pelos y en Gran Canaria apenas di una docena de pasos, en tránsito hacia Fuerteventura, pero ¿qué quieres, humano? ¿Acaso has venido a sacarle punta a todo? Muy sibarita tú para ser alguien sentado en el sofá, leyendo lo que escribe un perro.

Fuerteventura queda atrás, pero está aún muy presente. De hecho, mientras tecleo con precisión quirúrgica estas líneas, aún la veo a lo lejos si miro por encima de las gafas, colocadas de forma interesante a media altura de mi hocico.



Nuestra última aventura allí fue en un pintoresco pueblo llamado El Cotillo, donde disfrutamos de la tranquilidad que necesitábamos justo a esas alturas del viaje. En ese momento ya nos habíamos acostumbrado a despertarnos tarde, pasar el día vagueando y salir a horas intempestivas a merodear, con las pilas a tope, como recién despertados.



Y fue aquí donde nos dimos cuenta de una verdad incómoda que nos negábamos a aceptar: somos alimañas. Belkor, Ferrari y yo. Alimañas, por definición, seres por lo general despreciables, molestos y de costumbres noctámbulas. Me encanta pasear de noche, los tres, entre las sombras que crea la luna. Gatos rumiando en las basuras, perros callejeros patrullando sus territorios, yonquis y mendigos bebiendo cervezas de litro, apostados en las esquinas. Una estampa con un desencanto encantador. No hay ruidos innecesarios, porque las alimañas nos valemos de ese anonimato concedido por el silencio y la oscuridad.

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Belkor y Ferrari preparan sus bicis para ir de excursión. Yo llevo unos días más cansado de lo habitual, por lo que pretenden dejarme en casa recuperándome, pero salto de la cama y me coloco convenientemente en medio del pasillo, imposibilitando ignorarme y bloqueando el buen fluir de toda logística. Estorbo I llamaría a esta asignatura en la universidad. Y sería troncal, con prácticas obligatorias.



Ferrari sonríe con orgullo y ambos acceden a llevarme con ellos. Preparan, ahora sí, mi carro, y nos echamos a la aventura. Recorremos todo el pueblo por la costa. Empezamos en la salvaje playa situada en el margen oeste. Las olas rompen con virulencia sobre cuatro incautos que pretenden surfear, pero ni siquiera consiguen traspasar la barrera de espuma blanca.



Continuamos por el pintoresco casco antiguo y salimos a una carretera más propia de un desierto americano, por donde seguimos pedaleando, solos. Yo, como siempre, alterno ratos a trote con ratos remolcado. Aunque los primeros son sustancialmente más cortos que hace un año, sigo necesitando desgastar mis herraduras. Porque no soy el de antes, cierto, pero sigo siendo el mismo.



Llegamos al faro desde el que se divisa Lanzarote, gigante y cerca. Desde aquí la huelo. Mañana estaremos al otro lado de esta imagen de postal que se me clava en las retinas, en azules, amarillos y grises.

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Madrugamos; raudos y veloces nos ponemos en marcha. Milfred ruge como una motosierra vieja y se abre camino por el mundo hasta llegar a la terminal. Un pequeño ferry nos llevará a Lanzarote en un trayecto de veinticinco minutos. La diminuta rampa de entrada es el primer escollo para la gran Milfred, pero nada que seis ruedas no puedan superar.

Ferrari se baja de Milfred y se escabulle, como la alimaña que es, entre la multitud en los garajes del ferry. Busca tacos de goma y los encuentra. Asegura las ruedas de Milfred, las del vehículo de delante y las del de detrás.

Toma, Ferrari, una Biodramina. — dice Belkor.
Nah, tomaré, si acaso, media, el trayecto es muy corto. — responde él.
Tómate una más. O dos. ¿No quieres otra? — insiste de forma extraña una Belkor insegura, con gesto temeroso. Yo levanto la cabeza ante esta evidente señal de alerta. Ferrari, distraído en a saber qué, responde —No, tranqui. — Sin siquiera levantar la mirada. A veces me asombra su nula capacidad para leer la situación. Si fuera perro, hace ya años que habría encontrado una muerte ridícula en los bajos de un camión.



Ferrari me sube en brazos, como siempre, a la cubierta y nos acomodamos en nuestras butacas. Belkor, aún con la Biodramina en la mano, insiste a un incauto Ferrari, que niega con la cabeza. Ferrari, por Dios, coge las putas pastillas, pienso para mis adentros mientras le clavo la mirada. Nada. Me tumbo. La suerte está echada.

Arranca el barco y, según salimos de puerto, el caos embarca sin permiso. El ferry recibe fuertes embestidas por babor y aquello se mueve de forma violenta. Ferrari abre los ojos de par en par y analiza la situación. —Joder…— comienza musitando, mientras se agarra con fuerza a los reposabrazos, como si pretendiera sujetar el ferry y el mundo entero ante los impactos salvajes de la mar. Por la ventana se alternan imágenes del cielo y del agua. Belkor ríe a carcajadas. Ferrari sube la apuesta:—El puto piloto no sabe navegar. Está en fase con las olas — dice en voz alta y clara—. Decidle que rompa la puta fase, joder, no es tan difícil. ¿En serio tengo que pilotar yo? — continua. No era soberbia; era el prólogo de un ataque de pánico.

Rápidamente, dos miembros de la tripulación se fijan en Ferrari y se apresuran a sofocar el incendio. Belkor, aún con la Biodramina en la mano, ya no ríe. Ferrari está blanco y suda. Le ponen hielo y le recomiendan cerrar los ojos. Ferrari mira el reloj de reojo. —Quince minutos. Quedan solo quince minutos. — se dice a sí mismo.



La imagen en popa no es mucho más halagüeña. Un asistente empuja un carrito cargado con bolsas blancas, llenas de los desayunos a medio digerir de un buen número de pasajeros que ya han sucumbido. Sonidos de impacto provenientes del garaje sugieren que varios vehículos han chocado. Belkor levanta la cabeza, asustada:—¡Mierda, Milfred! — Ferrari, al borde del KO y con una toalla mojada sobre la cabeza, sin ser capaz de abrir los ojos responde con un hilo de voz apenas perceptible: —No, tranquila. Milfred no. Puse tacos. Muchos tacos. — Ferrari está hecho un trapo, pero, joder, tiene razón. Rara vez deja las cosas importantes al azar y, de hecho, estoy seguro de que si él pilotara, el barco no se movería así.

Ya queda poco y la situación mejora en cuanto la inmensa Lanzarote comienza a darnos abrigo. Belkor habla con un miembro de la tripulación. Había previsión de muy mala mar y, de hecho, el ferry estuvo a punto de cancelar la ruta. Belkor ya lo sabía. La miro orgulloso. Ella sí que sabe pilotar a Ferrari.



Finalmente llegamos a puerto y un tembloroso Ferrari se despide agradecido de toda la triuplación. Aun con sus brazos y piernas temblorosas me baja al garaje y montamos en Milfred. Salimos del mini ferry y conquistamos otra isla. Con el alba, como no podía ser de otra forma, salimos a la calle a merodear y corro por una playa de arena negra. Pero no puedo evitar mirar atrás, con melancolía. Y allí está, tal y como os dije, Fuerteventura, al otro lado de la imagen de postal en tonos azules, amarillos y grises.



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