El gran blanco

La semana pasada estaba echando una de mis múltiples y ligeras siestas mientras Belkor y Ferrari veían un documental del universo, y no pude evitar alzar una oreja y entreabrir un ojo ante lo que escuchaba. Explicaban la edad del universo como un calendario de doce meses, y el resultado era fascinante: si el Big Bang hubiera sido el 1 de enero a las 00:00, el Sol y la Tierra no aparecerían hasta el 31 de agosto; los primeros organismos multicelulares no llegarían hasta finales de octubre; los dinosaurios dominarían la Tierra entre el 24 y el 26 de diciembre, sí, extinguiéndose tan solo dos días después; y nuestro ancestro común aparecería el 31, diez minutos antes de las campanadas. A las 23:59, Homo sapiens y caninos sellaríamos nuestra alianza. Medio minuto para llamarme perro. Otro medio para hacerte creer, humano, que tú mandas.



Cualquier animal contemporáneo parece un simple cameo en esta película del tiempo. Bueno, casi cualquiera. Porque hay una especie que estuvo ahí desde los créditos iniciales, viendo nacer a los dinosaurios, los bosques… Tan viejo que, cuando a unos adolescentes Júpiter y Saturno todavía no les habían salido los anillos, ya llevaba siglos escondido en la inmensidad del mar. Nadando. Una máquina perfecta que en 450 millones de años apenas ha cambiado. ¿Para qué hacerlo, si eres tan preciso que sobrevives a cinco extinciones masivas sin despeinarte? El tiburón: temible, cautivador y paciente, capaz de ver nacer y morir todo lo que conoces… y todo lo que no quieres ni imaginar.



Tiburones. Tan pequeños como los 12 centímetros del tiburón linterna y tan enormes como los 19 metros del ballena. Algunos tan longevos como el tiburón de Groenlandia, que llega a los 500 años. Capaces de localizar una gota de sangre en 100 litros de agua y percibirla a más de un kilómetro, mientras tú todavía te pierdes en el supermercado buscando el pasillo de la leche. Pero si hay uno que de verdad manda, ese es el tiburón blanco. El gran blanco. Siete metros, tres mil kilos, pura perfección para la caza. La punta de lanza de una estirpe que ha estado perfeccionándose millones de años.

_____

Hoy ha pasado. Llevaba tiempo temiéndolo, y finalmente ha pasado. Me he despertado a bordo de un ferry sin tener ni idea de cómo ni quién me había traído hasta aquí. Mis momentos de sueño y vigilia se entrecruzan cada vez más y, al final, se mezclan hasta volverse una sopa confusa de recuerdos y olfatos. Pequeños efectos secundarios de vivir tanto.



Salgo a la cubierta de popa y me sacudo como quien espanta los últimos vestigios de una siesta que se ha alargado demasiado. Estiro mi cuerpo hacia adelante y respiro profundamente, aspirando la mezcla perfecta de salitre y fuel oil quemado. Con los ojos apenas abiertos, dejo que el viento me atraviese el pelaje y me recuerde que sigo vivo.

Abandonamos la costa y Lanzarote empieza a desdibujarse en el horizonte, dando fin a nueve meses que se han sentido como un parpadeo en el tiempo, aunque cada día estuvo lleno de pequeñas eternidades: olas, arena negra, rocas volcánicas y atardeceres soleados. No es un adiós, es un hasta luego, pienso para mí, mientras mi exhalación se entrecorta sin permiso. Tenerife, Fuerteventura y Lanzarote… Canarias ha sido mi hogar durante casi un año, y yo he sido su observador silencioso, su guardián en la sombra y, de vez en cuando, su chispa de caos controlado.



Pasamos un día entero a bordo del buque donde, valga la redundancia, yo ya me muevo como pez en el agua. El camarote de un ferry es como mi tercera casa. Bueno, o la cuarta, ya no se. Un sitio más donde tirar mi atillo de vagabundo y dormir. Como siempre entro el primero al camarote y elijo la cama ante la mirada cómplice de Belkor y Ferrari. Ferrari, después, me mira analítico e intenta descifrar las sutiles diferencias que pueden hacer que me haya decantado por una u otra, como buscando un patrón de psicología canina. Mira la dirección del aire acondicionado, la cantidad de luz incidente o las pequeñas diferencias en el tacto del colchón. Os contaré un secreto. Aleatoriedad. Pura y dura. Como quien tirase una moneda al aire. Hoy la de la derecha. Quizá media hora antes habría elegido la izquierda. No hay lógica misteriosa detrás, pero me divierte jugar con una mente inferior y crearle esa confusión mientras pongo expresión de perro intelectual procesando lo místico.



Paseo varias veces por la cubierta oxidada. Este barco es más viejo que el que nos trajo y eso acentúa la sensación de melancolía. Hay mala mar y el barco se mueve y cruje notablemente, pero Ferrari parece haber aprendido la lección esta vez y toma sus pastillas con puntualidad británica. A mitad de camino la península, aun lejana, comienza a hacer abrigo y la lámina de agua se serena rápidamente. Llegamos a Cádiz y sin más miramientos nos lanzamos a la carretera dirección Portugal, pero haremos escala para dormir en algún lado. Llegamos de noche a un pueblo perdido en la Extremadura profunda y me invade un frío punzante que asciende desde el suelo, como hacía años que no sentía. Por primera vez en mucho tiempo troto sobre el verde del monte, entre una niebla densa, pero la euforia inicial no logra hacerme borrar la sensación de la arena negra y las rocas volcánicas que apenas unos días atrás acariciaban mis patas. Casi me había olvidado.



Una escala de un par de días y continuamos. Finalmente llegamos a mi playa en Portugal. No recuerdo cuántas veces me he despedido ya, pero con arrogancia doy por hecho que esta tampoco será la última. Saltamos a la arena mientras el alba cae, y corremos por la orilla como si el tiempo no tuviese importancia, igual que hace un año. Jadeo, pero todavía tengo fuerzas para subir la última duna. Y entonces sucede. En medio de mi falta de aliento y del cansancio que recorre cada uno de mis músculos, mi vista se fija en la penumbra, y de golpe todo encaja. Lo había tenido frente al hocico durante un año entero y nunca caí en la cuenta. ¿Cómo había podido estar tan ciego? Una máquina perfecta, que no ha necesitado evolucionar más. ¿Lo recuerdas? Siete metros que han surcado el país y los mares con precisión absoluta. Yo lo he visto. ¿Quién si no ella habría podido lograrlo? Estoica, austera, rápida y fiable. Milfred, el gran blanco. Como el tiburón que no puede permitirse parar, que necesita seguir adelante para respirar... Este post es tuyo.



Entradas populares de este blog

14, el número de la suerte

Un ferrari rojo

Yo, Jack. Tú, Belkor.