Reflejo de inmersión

Venimos del mar. Y no me refiero a que hoy venimos del mar, ni a que hayamos pasado una estupenda jornada lúdica en la playa y volvamos a casa con arena y salitre. Es literal. Tú, humano defectuoso, y yo, canino supremo, una vez tuvimos al vasto océano por hogar. Aquel caldo primigenio en el que la chispa de la vida surgió por un maravilloso accidente, y evolucionó hasta convertirse en una selva acuática, nos tuvo como huéspedes a través de un ancestro común. Millones de años después, en lo que se suponía una jugada evolutiva, pusimos nuestras patas en tierra firme y ahí se separaron nuestros caminos. Yo me adentré de forma sigilosa en el bosque y tú, de forma incomprensible y ligeramente ridícula, corriste despavorido a subirte a un árbol. Humano, siempre peleado con el sentido común. - Pienso mientras me hago una imagen mental del suceso. Y lo que construimos fuera del mar no fue mucho mejor que lo que dejamos atrás: caos, polvo, ruido, frío, calor extenuante



Pero aunque reniegues una y otra vez de tus orígenes, sigues ligado al mar. Cuando mojas tu cuerpo, este tarda apenas unos minutos en adaptarse a un medio que instantáneamente reconoce como suyo. No es sugestión, es memoria evolutiva. Tus dedos se arrugan buscando mejorar el poder de agarre, porque ahí, bajo el agua, todo resbala. Tu sangre se aleja unos milímetros de la superficie de la piel, suficiente para minimizar la pérdida de calor. También aparece una ligera tensión muscular que te deja listo para reaccionar en un entorno hostil.

Pero entonces sumerges la cara en el agua y boom: sucede la verdadera magia. De golpe tu cuerpo entra en bradicardia, reduciendo la frecuencia a la que late tu corazón hasta casi la mitad. La sangre se desplaza hacia el tórax para proteger los órganos vitales, minimizar el frío y compensar la presión en tus pulmones en una hipotética inmersión. El bazo se contrae una vez, como un latido, y libera un extra de glóbulos rojos para mejorar el transporte de oxígeno, mientras la urgencia por respirar se atenúa de forma automática. Un segundo. Ni eso. Tan solo has mojado la cara y tu cuerpo ya abraza su hogar mediante lo que se conoce como reflejo de inmersión. Y esto no te ocurre solo a ti. Yo, como perro, también lo experimento. Y es, sencillamente, fascinante. Tanto, que la sabia tortuga terrestre sucumbió al beso del mar y se adentró en él para siempre. "A la mierda", debió pensar, mientras aleteaba torpemente sin mirar atrás, sin importarle el peaje eterno de tener que subir a la superficie para respirar.



Llevamos un par de semanas en Lanzarote y hace una y media que me di cuenta de que esta isla es distinta. Aquí hay cosas que te harían creer que estás en otro planeta. No por metáfora, sino por pura sensación. Colores, texturas, formas y contrastes que no encajan con la idea clásica de isla. Playas de arena negra y roja teñidas por el hierro. ¿Volcanes? Otra liga. Volcanes que parecen empujarse entre sí por ver quién sale en la foto. Volcanes con más volcanes. Cráteres dentro de cráteres. Conos sobre conos. Todo a la enésima potencia, como si la isla hubiera decidido exagerar cada rasgo de su personalidad.



El suelo aún quema, literalmente. Basta con rascar un poco la superficie para sentir que debajo sigue latiendo el fuego. Hay desierto. Hay lava solidificada. Hay mar azul profundo. Todo eso coexistiendo en pocos kilómetros, como si alguien hubiese mezclado varios mundos en uno solo. Y luego está ese lago verde, casi fosforito, separado del Océano Atlántico por tan solo una franja de arena y piedras negras. Lo miras una vez y te parece irreal. Pestañeas y, de repente, te das cuenta de que estabas contemplándolo, sin saberlo, desde el interior de un volcán cuya pared oeste colapsó ante el empuje constante de las olas, como si el mar hubiese reclamado su espacio en un pulso entre dos bestias.



Y por la noche, cuando empiezas a cerrar los ojos para dormir, mientras procesas todo lo visto durante el día, las estrellas te deslumbran. Tantos sistemas planetarios y galaxias que la pregunta “¿Habrá más?” se convierte irremediablemente en “¿Cuántos?”. Tantas estrellas que las constelaciones conocidas juegan al escondite en un cielo más blanco que negro. Aquella que titila es Sirio, desde donde veo de repente a Sua guiñarme un ojo. Ella ya me está esperando ahí arriba.



Febrero nos despide del conato de invierno que hemos sufrido durante ocho semanas. Cuando te acostumbras a una vida a 26 grados, las noches a 18 te parecen un castigo divino, pero Belkor, como no podía ser de otra forma, me adaptó una sudadera verde para que la use como pijama. Cena y pijama. Nueva rutina de perro viejo.



Corro por la playa, voy tras una piedra lanzada por el aire y sumerjo mis patas en el agua, y mi hocico. Entonces vuelvo a encontrarme de frente con aquel Jack acuático y primitivo de hace millones de años, quieto, invitándome a perseguirle. “A la mierda”, estoy tentado a decir, como la sabia tortuga que se lanzó al mar sin mirar atrás. Pero la ensoñación se rompe cuando Ferrari me llama para jugar. Y recuerdo de golpe que mi hogar está donde él esté. Mi propósito como perro. No podría dejarle solo. No sea que le dé por subirse a un árbol.




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