El viejo Joe
Lamo mi pata, y el sabor a salitre me transporta de nuevo a Methoni, que queda ya unas tres horas a nuestras espaldas. Milfred avanza, Ferrari conduce en silencio, con su cabeza ligeramente girada y apoyada en su brazo, y Belkor, recostada hacia atrás, muestra un semblante serio de introspección. Yo imito, como tantas veces, la imagen de la gran esfinge egipcia. Sí, esa misma que antes de tener cabeza de león representaba a un elegante perro, acomodado en la postura que ahora mismo mantengo, en reverencia al dios Anubis. Al instante percibo una suave brisa, un soplo templado, y mi vello dorsal se eriza por un momento. Como si esa sensación fuese una caricia del mismísimo desierto sobre mi lomo, comienzo a jadear. Han pasado solo unas semanas, pero el sol golpea con mucha más furia que durante nuestro camino de ida, y el aire se hace, a ratos, casi irrespirable. Estoy seguro de que el asfalto a nuestros pies debe sentirse como magma, pero Milfred circula firme, como un faquir sobre brasas, con sus seis ruedas sin mostrar la más mínima molestia. Son cosas que a nadie deberían sorprenderle ya.
Nunca he estado en Egipto y es apenas remotamente posible que vaya a estarlo en el incierto y, a priori, breve porvenir que se me augura. Sin embargo, la conexión de la antigua civilización de los faraones y el perro trasciende a cualquier evento físico. «Egipto y el perro», «Guía de Egipto para perros mayores» o «Un perro marrón sentado como una esfinge mirando atento las pirámides de Egipto mientras mueve la cola». Algo así. Gran título para una entrada del blog. Me lo reservo para el futuro, lo prometo.
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Nunca me he considerado un perro brillante, ni mucho menos. Un perro normal y corriente, del montón. Un simple perro marrón. Nunca he ganado ninguna competición de habilidades, ni de belleza, aunque esto último concretamente, clama al cielo, desde mi humilde punto de vista. Pero si de algo he hecho alarde durante toda mi existencia ha sido de la fuerza y la actitud ante un reto. Daba igual que fuera el último tramo de monte empinado, correr a sprint los metros finales de una carrera, rescatar del agua a Ritondo una vez más o subir el primer escalón después de meses de recuperación. Siempre que la épica ha llamado a mi puerta, he levantado la cabeza y he movido la cola.
Abro levemente un ojo, estoy en el sofá. Mis compañeros humanos duermen recostados en posturas que parecen de todo menos cómodas. En la tele, el estereotipo personificado de héroe yankee roba el protagonismo al resto de actores secundarios. Da igual el título, seguro que ya lo imaginas. (Semi) retirado, hombre de acción, probablemente exmarine o exagente especial, o ambas cosas a la vez, vive su epílogo en la tranquilidad de su rancho de Texas, alternando trabajos de reparación en su Chevrolet del 50 con atardeceres en su porche, donde mantiene la mirada perdida en el polvoriento horizonte, Budweiser en mano, mientras recuerda, con semblante demacrado, pasajes antiguos que le dejaron cicatrices. De repente, un convoy con media docena de vehículos de camuflaje llega a tan remota ubicación en busca del susodicho. Al parecer, hay una emergencia nacional, o mundial, que las nuevas e inútiles generaciones no pueden solventar y necesitan echar mano de la experiencia y las rudas, y a menudo poco ortodoxas, artes del viejo, llamémosle, Joe. Joe, que sostiene un pitillo a medias a un lado de su boca, sale con su aún musculado torso, manchado de grasa, de debajo de su Chevy, apoya sobre la rueda la desproporcionada llave inglesa, obvio símbolo de su virilidad incuestionable, y, con un gesto malhumorado, tratando de disimular el resurgir del fuego en su pecho que siente por primera vez en veinte años, acepta ante el asombro de todos el reto.
El resto de la película, ya la sabes. USA vence finalmente a los malos amarillos en Vietnam, o un especializado equipo de élite, con el viejo Joe al mando, consigue desviar el meteorito que iba a devastarnos, o vencer a los extraterrestres que iban a devastarnos, o apaciguar un volcán y un terremoto a la vez, los cuales, para sorpresa de nadie, iban también a devastarnos. El final es lo de menos. Nadie recuerda el título de la película, pero sí la épica, el honor, la victoria. Y de repente, a todos nos gustaría ser el viejo Joe. Porque, aunque no queramos admitirlo, en eso los yankees son los mejores. Sería difícil imaginar el homólogo español de Joe. Lo más parecido sería quizá Curro Jiménez o José Luis Torrente. Joder, la imagen es dantesca.
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Llegamos de nuevo a Patras, que parece flotar en plasma radioactivo, rozando los cuarenta grados, pero esta vez vamos directos al ferry, aquel que parece unir dos mundos en un trayecto de un par de kilómetros. Las ruedas de Milfred parecen ahora de chicle deshaciéndose contra la lava que fluye en forma de río por donde debería estar la carretera. Un escenario donde la tentación de tirar la toalla y descansar por fin en la mediocridad haría sucumbir a cualquiera. Pero no a ella. Milfred avanza en la adversidad como una versión cargada de anfetaminas y esteroides del viejo Joe.
La entrada al buque nos aporta al instante un combo de sombra y brisa marina, que se siente como un largo trago del frío manantial camino a la cima del Gorbea, ese en el que Ferrari y yo solíamos parar a beber antes de seguir la carrera ascendente, cuando éramos jóvenes e intrépidos. Abandonamos el barco y yo miro atrás, con melancolía. Quiero volver a Methoni, pero de repente, zas, el sol vuelve a pegar como un látigo y ponemos raudos rumbo norte. El paraje cambia de forma progresiva. Pronto comienzan a verse tonos más intensos de verde a ambos lados de la carretera, que deja de ser recta y plana para empezar a retorcerse cada vez más sobre sí misma. Una curva cerrada, amplios pinos y vuelve a verse el mar. Plataria. Hemos llegado al punto de inicio.
De nuevo, la vista se llena con los barcos que rodean la inmensa bahía de las puestas de sol, con los perros apostados en cualquier esquina que genere sombra y con los viejos que pescan junto al puerto. La imagen romántica se quiebra desde el medio, como lo hace un espejo ante un puñetazo certero, cuando esa perra diabólica viene desbocada hacia nosotros. Margarita, como no podría ser de otra forma, es la primera que nos da la bienvenida.
Pasamos los últimos días de nuestra estancia en Grecia aquí. Alternamos siestas con baños y visitas al centro del pueblo, donde la auténtica vida griega discurre sin prisas. El numeroso grupo de jóvenes nos visita de nuevo y se sienta en corro en torno a nosotros tres. Son varios los que centran su atención en mí, irradiando respeto ante un perro tan longevo. La pandilla no podría ser más heterogénea en tamaños, capacidades y taras, pero, a diferencia de los traumatizados adultos humanos, estos contrastes son percibidos como superpoderes entre ellos mismos. El enorme y gordo, de piel oscura, es, al parecer, un reputado portero de fútbol en el barrio. El joven inquieto, que suspende todas y ahora mismo lanza piedras contra los barcos, es el guardián del resto, y el primero en advertir a un turista alemán que se acerca con un perro de pose violenta directo hacia nuestra ubicación, situándose de manera innata él mismo entre la posible amenaza y nosotros. No falta el niño guindilla, más delgado que el resto y un par de cabezas más bajo, que es la enciclopedia del grupo. Como Wikipedia. Cualquier dato que el resto desconoce le es preguntado de forma automática a él. Y el jefe de todos, el que menos levanta la voz. El que menos habla, pero el que lo hace primero. No el más grande, no el más fuerte ni el más pillo. Gobierna al resto con su mirada honesta y su presencia tranquila. Niños siendo niños. Cachorros humanos. Ojalá nunca crecieran.
Plataria, y el ferry a Italia, y cruzar Italia a paso allegro, coger otro ferry a Barcelona y conducir después al norte para volver a casa. Todo eso sucedió hace ya más de dos meses, aunque te lo cuente ahora. Vuelta a casa, e irremediable creación de una rutina, y repetición de la misma, día tras día, mientras te consumes un poquito más. Y el tiempo pasa, y para cuando te das cuenta han sido ocho semanas iguales, con poco que contar. Y un buen día me siento aburrido, tanto que no me apetece extender el paseo de siempre, «¿para qué?», y solo quiero volver a casa, a tumbarme en mi rincón y matar otro día. Y al atardecer salgo al balcón, mi porche del rancho de Texas, con la mirada perdida en el horizonte ocre, como el viejo Joe, Budweiser en mano. Un antiguo héroe de acción oxidado, recordando, melancólico, su glorioso pasado.
Pero de repente mi triste ensoñación es interrumpida de forma brusca. Primero, una vibración creciente que se transmite por el suelo hacia mis patas. Poco después, un zumbido irreconocible por el aire y, en menos de un minuto, varios vehículos anfibios y un tanque ligero aparcan y cortan la calle, mientras el helicóptero Apache vuela en círculos asegurando el perímetro. «Capitán Jack», grita el mando por el megáfono que sujeta con su mano derecha, mientras se agarra con la izquierda al marco del Jeep color caqui. Y me presento orgulloso, dejando una llave inglesa, mucho más grande que la de Joe, apoyada en la pared. La imagen del imponente perro viejo que se alza y coge el testigo se refleja en sus Ray-Ban en tonos sepia, y, bajo ellas, se dibuja al instante media sonrisa de complicidad. La épica ha vuelto a llamarme y, como de costumbre, no he sabido decirle que no. Tan pronto comienzo a ver la rutina rota y los aprestos para la siguiente aventura, mi cola vuelve a moverse.
Hace dos años por estas fechas me levanté del suelo, prácticamente KO, y me sacudí para llegar, contra todo pronóstico, a la luna. Esta vez la misión es Marte. Un viaje del que probablemente no regrese, pero que puede hacerme eterno. Comienzan los preparativos. Estate atento.







