Sueño que sueño que estoy soñando.

Anoche soñé que soñaba. Y dentro de ese sueño, abrí los ojos y no estaba en la autocaravana. El suelo era frío, olía a hierro y a barro húmedo. Escuché ladridos, muchos, de esos que rebotan contra las paredes. Reconocí el sitio enseguida. La perrera.

Pero algo era distinto. La luz entraba más suave, el aire pesaba menos. Y entre las jaulas vi a un perro joven, con una oreja recta y otra caída hacia delante y una mirada que todavía no sabía en qué confiar.

Era yo.

Me acerqué despacio. El joven Jack gruñó un poco, desconfiado, como si estuviera viendo un fantasma.
—¿Quién eres? —me preguntó.
—Soy tú, con algunos cuantos años más —le respondí.

Se quedó mirándome con esa mezcla de miedo y curiosidad que sólo tienen los perros jóvenes.
—¿Y cómo nos ha ido? —dijo.
—Brutal —contesté—. Y tan rápido que apenas da tiempo de darse cuenta de todo lo vivido.

Él olfateó el aire, dio un par de vueltas y me sonrió.
—¿Vamos a correr?
—¡Cómo no! —le dije—. Corramos una vez más.

Salimos al campo. No sé de dónde salió aquel lugar, pero olía a lluvia recién caída. Corrimos entre charcos, saltamos zanjas, perseguimos mariposas que se deshacían en luz. Corrimos hasta que Jack jadeaba y yo fingía que no me faltaba el aire.

Cuando paramos, me miró y dijo:
—A veces tengo miedo de que nadie venga por mí.
—Vendrá. —le aseguré—. Cuando lo veas entrar, no lo dejes escapar.
—¿Y cómo sabré que es él?
—Fácil —respondí—. Tendrá los ojos llenos de ganas de vivir. Se llamará Ferrari.
—Ferrari…—repitió, como si saboreara una promesa—.
—Sí —le sonreí—. Con él, te irá bien. Os tendréis el uno al otro… y casi siempre jugaréis tan a lo loco que alguno saldrá con un mordisco de recuerdo.

El joven asintió, y después de un silencio, preguntó:
—¿Y seré feliz?
—Sí—dije, con la mirada firme y el corazón lleno—. Más de lo que nunca podrías imaginar. 

Nos quedamos mirando el horizonte, los dos respirando igual. El joven se giró hacia mí y, sin saber cómo, entendí que ya era hora de despedirnos.
—Gracias —dijo.
—Gracias a ti —le respondí—. Por recordarme quién fui.

Entonces el cielo cambió de color. Abrí los ojos. Esta vez no olía a hierro, sino a hierba mojada y moqueta. Estaba en Truppers Hill, Inglaterra. Y allí, sobre la colina, me vi a mí mismo con cinco años: fuerte, estoico, brillante, con el pecho ancho y la mirada llena de mundo.

—Sabía que volverías —me dijo.
—Así que me hiciste caso —sonreí.
—Sí. Cuando vi entrar a Ferrari, le perseguí hasta que me sacó de esas rejas. 

Nos quedamos callados, mirándonos.
Él movió la cola y dijo:
—¿Y cómo será todo lo que viene?
—Todo lo que viene —le dije— será intenso, divertido y a veces difícil. Viajarás, te enfrentarás a peligros, te enfermarás… pero siempre encontrarás la manera de salir adelante. Y un día tendrás una casa que se mueve junto a dos humanos que huelen a aventura.
—¿Y tú qué? —me preguntó— ¿Aún corres?
Sonreí.
—Correr mucho, ya no —le dije—. Pero si la carrera es corta… todavía le gano. 

Jack movió la cola y lanzó un ladrido corto de alegría, y el sonido me llenó el pecho como una caricia vieja. El viento sopló entre los árboles, levantando hojas como si fueran recuerdos. Cerré los ojos. Y el eco de sus patas se fue alejando hasta que ya no supe si estaba despierto o dormido.

Entonces sí. Desperté de verdad. Ferrari dormía a mi lado, enroscado, respirando tranquilo.
Belcor estaba frente a la ventana, leyendo un libro, con la luz dorada del amanecer cayéndole sobre los hombros. Levantó la vista, me miró y sonrió. No dijo nada. No hacía falta. En esa sonrisa estaba todo.

Me quedé un rato observándolos. Y pensé que, quizás, en algún rincón de Inglaterra, aquel Jack de cinco años también abría los ojos, convencido de haber soñado con un perro viejo lleno de canas. Y que, más lejos aún, en una pequeña perrera, un cachorro despertaba con el corazón tranquilo, sin saber por qué.

Quizás sí. Quizás todavía nos seguimos encontrando en sueños, cada uno en su momento.



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