Σκύλος (skýlos)
Grecia y los perros son dos conceptos indivisibles, como lo serían el apio en un Bloody Mary hecho como Dios manda, o la cebolla en una tortilla de patata para cualquiera que no necesite —o merezca— asistencia psiquiátrica urgente, o la horca, o ambas, incluso varias veces.
Σκύλος, perro en griego. Pero su verdadero significado difícilmente podría condensarse en una sola palabra.
Los antiguos griegos estaban convencidos de que los perros no eran simples animales. Eran guardianes, compañeros y criaturas capaces de percibir aquello que escapa a los ojos humanos. Veían en ellos unos sentidos capaces de alcanzar una parte de la realidad inaccesible para nosotros, una que, aun sin comprenderla, intuimos imprescindible. La mitología griega está plagada de pasajes tan esclarecedores como conmovedores.
Argos esperó durante veinte años el regreso de su dueño, Odiseo, para convertirse en el único capaz de reconocerlo a su vuelta, disfrazado de mendigo. Cumplida su última misión, murió en paz.
A las puertas del reino de Hades esperaba Cerbero, el gran perro guardián del inframundo. Lejos de ser un símbolo del mal, su misión era sagrada: custodiar el umbral entre la vida y la muerte, asegurándose de que cada alma siguiera su camino. No es casualidad que fueran perros quienes protegían esos límites. Desde tiempos remotos, el perro ha sido el guardián de hogares, rebaños y familias. Ese en cuyas manos —o patas— dejarías confiado tu porvenir mientras te echas una siesta babeando, soñando que aún flotas en placenta, panza arriba, en el útero de mamá, cuando aun no existían los atascos, ni Hacienda, ni los lunes.
La escuela cínica, cuyo máximo exponente fue Diógenes de Sínope, encontraba en el perro su mayor inspiración. El propio término cínico procede del griego kynikós, "perruno", derivado de kýōn, otra forma de decir perro. Sus detractores utilizaban ese apelativo de forma despectiva. Los seguidores de esta escuela, en cambio, lejos de ofenderse, hicieron de él un motivo de orgullo. Para los cínicos, el perro representaba el ideal de libertad. Un ser que no acumulaba riquezas, no fingía, no buscaba la aprobación ajena y permanecía siempre fiel a su propia naturaleza. Quizá por eso Diógenes aspiraba a parecerse más a un buen perro que a un ciudadano respetable.
La decadencia de aquella poderosa cultura mediterránea puede verse hoy, paradójicamente, plasmada en ese perro con las uñas pintadas, trenzas y babero, condenado a recorrer el mundo en un carrito de bebé empujado por humanos profundamente desubicados, mientras suplica en silencio, con los ojos abiertos de par en par, una estocada digna que, para su desgracia, nunca llegará.
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Abro los ojos y, unos segundos más tarde, también mis membranas nictitantes. La imagen borrosa se recompone despacio hasta dar paso a una sonriente y dulce Belkor que, al borde de la carcajada, me acerca el desayuno. Joder, algún día me despertaré a la hora de dormir, pienso, un poco avergonzado y todavía con cara de susto. Salimos de Milfred y ya estamos en la playa. Paseamos, nos bañamos y, a lo lejos, Margarita viene corriendo hacia nosotros. Nos sacudimos la arena y retomamos la carretera rumbo al sur, donde Lefkada nos regalará unos días de tranquilidad antes de alcanzar la imponente y cosmopolita Patras.
La llegada a la antigua metrópoli fue digna de una epopeya recitada por un aedo de la Grecia arcaica. Cruzamos el estrecho a bordo de un pequeño ferry, a la sombra del imponente puente que otras veces habíamos atravesado por carretera. Los peajes, generosos como pocos, me hacen pensar que ya somos propietarios de, al menos, uno o dos de esos gigantescos tirantes de acero trenzado que sostienen los cuatro carriles suspendidos sobre el agua, uniendo la Grecia continental con la península del Peloponeso.
Hace calor, pero a Milfred eso nunca le ha importado y entra en la vieja ciudad con decisión. La carretera se estrecha poco a poco. Levanto un párpado y confirmo la duda en el semblante de Ferrari. Pocos metros después frenamos.
—No cabemos —sentencia Belkor con la seguridad de quien ya lo sabía desde hacía rato.
Al instante sucede una de esas cosas que parecen escritas de antemano por lo oportunas e improbables que resultan. Un Seat destartalado aparece a toda velocidad y frena levantando una nube de polvo fino. Del coche se baja un hombre de unos setenta y tantos años. Viste una especie de túnica tan gastada que, por un instante, me convenzo de que está hecha con un saco de patatas sujeto por una cuerda. Su aspecto austero y harapiento contrasta con un rostro sereno y amable, medio oculto tras una barba de varios años y unas cejas capaces de cardar un rebaño entero.
Se dirige hacia nosotros haciendo un gesto inequívoco con la mano. No. Hay códigos que no necesitan traducción. Tras un breve y confuso intercambio de señas acabamos siguiendo al amable desconocido. Durante unos veinte minutos atravesamos los suburbios de Patras hasta que, como por arte de magia, desembocamos en un aparcamiento para camiones.
El sol comienza a caer. No hay brillo de ningún tipo en la escena. Solo camiones, dos perras casi gemelas que nos reciben ladrando con evidente desconfianza y una garita metálica de la que salen dos operarios. El harapiento barbudo baja del coche. Los operarios cambian de dirección a mitad de camino. También de expresión. Y casi de postura. Se acercan a él, le besan la mano y lo saludan con un respetuoso "Papa". Hasta las dos perras parecen comprender el giro de guión y guardan silencio. El sonriente mendigo se despide de nosotros mientras los operarios nos reciben como si acabáramos de llegar acompañados por un jefe de Estado.
—Habéis venido de la mano de Dios.— Nos sueltan con humor mediterráneo.
Aquel hombre humilde era el obispo de la metrópoli y máxima autoridad de una de las principales sedes de la Iglesia Ortodoxa. La lección del día: no juzgues un libro por sus tapas. Edición griega.
Nos relajamos un rato y, ya de noche, salimos a merodear por la zona industrial. Pabellones. Talleres. Vehículos a medio desmantelar en las esquinas. Olor a valvulina suspendido en el aire. Y ladridos en la lejanía. Las anteriormente beligerantes perras cuasigemelas nos acompañan ahora como dos discretas guardaespaldas. Nos sentimos en casa. Lo sé. No lo digas. Alimañas. Nos sentamos en un bordillo, junto a la carretera, y nos dedicamos a ver pasar coches. El sonido de dos latas de cerveza abriéndose, casi al unísono.
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Me despierto y Belkor, muy seria, clava la mirada en el ordenador. Levanta la vista, me mira y sonríe. Al rato un exultante Ferrari llega a bordo de un pequeño coche verde chillón. Parece recién salido de una persecución en la que ha conseguido dar las correspondientes dos esquinas a la policía. Está claro que se divierte. Media hora más tarde estamos en carretera, a bordo del Nissan casi fosforito, dejando atrás un cartel con una flecha que anuncia: "Atenas 208". El día promete.
Un par de horas después, la capital nos recibe con una intensa lluvia que convierte las estrechas callejuelas del extrarradio en densos afluentes buscando descargar su furia sobre la avenida principal, que parece no inmutarse. Pasamos un par de días en Atenas alternando paseos y descanso. Nuestra casa temporal es grande y tiene dos dormitorios, pero preferimos instalarnos los tres juntos en el sofá cama del salón. Tras más de un año viviendo en la carretera hemos desarrollado una curiosa preferencia por el hacinamiento.
Antes de abandonar la ciudad clásica nos pasamos a despedirnos de Loukanikos. El imponente mural transmite el respeto que toda una ciudad sintió por un perro callejero que eligió el bando correcto y murió por la causa, respirando gas lacrimógeno lanzado por otros perros vestidos de uniforme.
Volvemos a Patras, donde una integrada Milfred comparte relajada batallas de viaje con los demás camiones del aparcamiento, mientras echan largos tragos de aceite de motor y fuman, intentando mostrar quién es más duro. Seguro que ya les ha contado cómo sube puertos de montaña sin despeinarse, o lo bien que funciona su ruidosa transmisión trasera con cuatro ruedas.
Las gemelas caninas nos reciben contentas y nos incitan a salir inmediatamente de paseo por la zona industrial. Una de ellas siempre se mostró más reservada, una desconfianza nata que probablemente podría ser explicada por su cojera perpetua. Esta vez ella toma las riendas y ya nos aventaja cincuenta metros en la ruta, desde donde se gira y nos mira continuamente, como queriendo meter prisa a los cuatro restantes de este batallón improvisado. Algo confundidos le seguimos. Hoy nos pegamos, dice con su postura corporal. En efecto, dos calles después nos encontramos frente a otra jauría, bastante más numerosa. La perra tullida sale, de repente, corriendo a su propio grito de "¡Al ataque!", empujada por el infinito séquito que, al menos en su imaginación, marcha fiel tras ella. El efecto es inmediato. La multitud canina se disuelve. Acaba de escribirse una victoria de la cual se hablará durante años. La perra vuelve orgullosa hacia su grupo de aguerridos soldados. Ha recuperado los dominios de una calle que quizá, tiempo atrás, le fueron arrebatados. Esta flamante manada de cinco vuelve a su base más unida que nunca. Así se forjan los vínculos.
A la mañana siguiente paseamos juntos a modo de despedida. Volveremos a vernos y, quién sabe, quizá a disputar juntos nuevos territorios frente a otras pandillas callejeras. Las dos cancerberas salen tras nosotros y poco a poco se van haciendo pequeñas en el retrovisor, hasta desaparecer por completo. Continuamos el viaje hacia el sur sabiendo que, allá donde el camino nos lleve, tarde o temprano siempre habrá algún skýlos con el que volveremos a formar parte de una nueva manada, aunque solo sea durante un pequeño instante de vida.








