La carretera del fin del mundo
Intento dormir, pero la castigada carretera griega hace que no me sea difícil imaginar que viajo a bordo de una lavadora estropeada, despeñada por un acantilado mientras ultima, hastiada, el programa de centrifugado. Me levanto y me estiro. Bostezo. Me dirijo a la zona delantera, a ver qué traman estos dos morenos. Tan pronto como mi hocico, movido de forma residual por el feliz ritmo de mi cola, aparece al lado de Ferrari, este rompe en una sonora carcajada y en un efusivo saludo, a la vez que me invita con su brazo derecho a ocupar, junto a él, su puesto de conductor. —Si cumple 18 años, le enseño a conducir— le he oído decir a este pequeño fanfarrón, sacando pecho, tratando de impresionar al grupo de oyentes que tuviera en ese momento. Y ahí quedaría, en un alarde de grandeza sin mayor recorrido, si no fuera porque para Ferrari la palabra tiene el peso del iridio y ha de ser cumplida siempre, aunque cueste sangre; a veces por pura logística de lo planeado, a veces tan solo por mera lealtad a sí mismo.
Es un tipo que odia los faroles, los amagos y las florituras sin base, y cumple sus promesas, incluso las que no son necesariamente simpáticas, llevándolas, de forma irremediable, a la literalidad. Por eso, cuando oigo a Ferrari hablar de enseñarme a conducir, un escalofrío recorre mi espina dorsal, desembocando en mis orejas, hasta poner ambas tiesas, incluso la izquierda, la oreja vaga, la que siempre llevo doblada hacia abajo. No lo entendéis, distraídos mortales, que reís en tamaño acto de inconsciencia: lo único que separa ese, a priori, inocente y gracioso comentario al aire de que veáis a un perro coger una rotonda en autocaravana a una velocidad claramente excesiva un buen día de invierno es el tiempo. A ver quién ríe entonces.
Milfred camina a través de las lentas carreteras del Peloponeso. En la tierra donde los humanos aprendieron a pensar y los héroes se forjaron desde el polvo del suelo, no hace falta vivir con prisas. Primero fue la civilización micénica; después, las polis, las ciudades-estado. Esparta, Corinto y Olimpia mostraban formas diferentes de entender la vida. La primera, sobria y disciplinada; Corinto, cosmopolita y abierta al exterior; y Olimpia, cuna de la competición y de la búsqueda de la excelencia. Después, una guerra de treinta años entre las dos potencias, Atenas y Esparta, que ganaría esta última de una forma pírrica. Más tarde, Filipo II de Macedonia terminaría de exprimir y daría la puntilla a las ya devastadas polis, hasta que Alejandro Magno extendiera la cultura griega por gran parte del mundo conocido. Con este contexto, no es difícil comprender la polaridad de pensamiento entre esta península de carácter espartano y la ateniense Grecia continental que dejamos atrás hace unos días. Guerra frente a cultura. Disciplina frente a libertad. Tradición frente a cambio. Honor frente a prosperidad.
Hacemos escala en un pequeño pueblo costero y yo bebo agua de un vaso de txosna, sujetado por una joven mano, mientras Belkor y Ferrari abren sendas Mythos de medio litro al unísono. La inmensidad del mar frente a nosotros. Una delgada perrita se acerca, acosada por cinco cachorros, mientras intenta ejercer de novel mamá. Su aspecto dulce y vulnerable contrasta con las cicatrices de su cara, que indican que no ha dudado en presentar batalla para defender a su prole. Viene moviendo la cola. La camada, que pesará tres kilos en total, pronto nos rodea de forma ruidosa. La madre se aproxima desconfiada y me lanza, sin más aviso, un bocado de advertencia al aire, como lo haría un vaquero del Oeste con su revólver apuntando al cielo.
Canela vive bajo un oxidado carro metálico en un parking de tierra del centro. Los vecinos la alimentan a diario y, durante un par de días, también lo haremos nosotros. Belkor cura con mimo una herida ulcerada en su oreja y Ferrari le quita varias garrapatas, mientras los cinco pequeños maman a la vez, creando una destartalada y cautivadora sinfonía.
Las carreteras cada vez son más estrechas, mientras los pequeños pueblos que cruzamos nos dan la bienvenida mostrándonos un aguerrido y orgulloso carácter que hacía tiempo no veíamos impreso de forma tan original en ningún sitio. Polis, evoca, de forma inevitable, una imagen en mi interior. Tras recorrer una carretera con más curvas que una vedette, llegamos a Methoni. Un camino objetivamente más estrecho que la propia Milfred nos lleva, sin explicación posible, a nuestro destino final. Al frente, a dos metros, el mar Jónico, el mismo que, a lo lejos, baña dos islas. Bajo de Milfred y aspiro profundamente mientras mis viejos pulmones se llenan con los colores del atardecer de esta postal sobrecogedora. Si el mundo no termina aquí, debería, sin duda, hacerlo.
Pasamos una semana con el hilo musical del mar de fondo y nos dedicamos, cada uno, a nuestros menesteres. Mis dos compañeros están absortos en sus máquinas, trabajando quién sabe en qué. Belkor hace fotos, muchas fotos, y después las trata en su ordenador. Ferrari dibuja cosas que después, puntualmente, fabrica como por arte de magia en otra máquina. A veces, trozos de máquina; a veces, trozos de gato; a veces, trozos de Milfred. Es todo un misterio que me tiene perplejo ya desde hace años. A mí me han montado un pequeño puesto de vigía a la sombra de los árboles, junto a Milfred, y, apostado aquí, alternando sueños cortos con estados de semiconsciencia que no podrían catalogarse como vigilia, veo, literalmente, la vida pasar. Estoy tan relajado que, por momentos, he de convertir la respiración en un acto consciente. Mis viejas arritmias funcionan como una alarma silenciosa a tal fin, creando un efecto amplificado en mi tórax. Soy una máquina veterana con numerosas taras. Sinceramente, a veces me sorprende haber llegado tan lejos.
Ahora floto sobre el mar, pero no me mojo, ni me hundo, ni siento el ligero estado de ansiedad que normalmente me genera el agua. Sin enterarme, las olas me llevan a una isla llena de huesos, salchichas y donuts de chocolate. Joder, me encantan los donuts de chocolate. Desembarco y me sacudo, aunque estoy seco. Voy a hincar el primer bocado. —¡Fruta, fruta! ¡Fresca fruta! — Abro un ojo. Sigo tumbado junto a Milfred. Un señor muy moreno y de pelo gris baja de un camión; ambos parecen de los años setenta, y comienza a vender naranjas y tomates a los espontáneos clientes. El olor del gasoil mal quemado se funde con el salitre del aire. No me desagrada. Vuelvo a Isla Donuts. Sigo el camino verde que apunta a la cumbre. Camino despacio, después, allegro. Ahora troto y, finalmente, corro, corro como antes. Mis patas delanteras y traseras se cruzan en el aire y vuelvo a estirarme, así una vez, y otra, y otra. Oigo el eco de mi respiración, fuerte y rítmica. Llego al final del camino y un sol gigante me deslumbra. Salto y continúo corriendo. No me canso. De repente, me doy cuenta de que no soy un pájaro y el aire deja de sustentarme. Caigo en picado e intento vanamente que mis patas traccionen el vacío, pero, obviamente, es un acto inútil. Me preparo para un aterrizaje forzoso. Sigo cayendo. En un instante diviso a Milfred desde la altura y me dirijo a ella. Con un golpe seco y fuerte me estampo contra el suelo, pero nada me duele. Abro los ojos asustado y con la lengua completamente fuera de mi boca cerrada. Belkor y Ferrari me observan desde mi puesto de vigía, o, más bien, de siestas, y alternan risas con tiernos saludos cargados de sarcasmo. —Buenos días, txiki —dicen bajo un sol de media tarde que ya no quema. Cabrones, pienso. Y mi cola se mueve de forma vigorosa y desacompasada. Las bicis están preparadas. Salimos de excursión.
Avanzamos sobre la consumida carretera que nos lleva hasta el pueblo que hace de abrigo sobre una coqueta cala. Troto junto a Ferrari, que lleva mi carro anclado a su bici, mientras este me observa con el pecho lleno de orgullo. —Jack es increíble, nunca he visto un perro como él —dice extasiado. Y entonces rompo en un breve galope, obligándole, como tantas veces, a jugar a las carreras.
El asfalto da paso, poco a poco, a la arena y, de repente, me veo corriendo por la playa, en la que tantas veces lo hice en años anteriores. Nos bañamos los tres y nos sentamos en la orilla mientras Ferrari golpea levemente mi pecho con su mano abierta. El chapoteo del agua atrapada en mi denso pelaje parece divertirle. Una perrita marrón se acerca con curiosidad y me invita a jugar corriendo hacia la otra punta de la playa. Yo me dejo llevar, contagiado por su juventud. Grecia me sienta bien. Methoni me sienta bien. —¡Canela, nos vamos! —grita su dueña desde la esquina. Ah, Canela... No puedo evitar acordarme de la perrita que vive bajo el carro oxidado con su numerosa prole, mientras lanzo un suspiro.
Exhausto y mojado, me subo al carro y Ferrari pedalea por los dos a través de la vieja y maltrecha carretera litoral. Yo me revuelvo, soy un perro de trabajo. —Tranquilo, txiki, ahora me toca a mí... te llevaría al fin del mundo si hiciera falta.— Y entonces sé que puedo relajarme y cierro los ojos, porque lo que he oído no es una frase bonita, ni un cierre poético, es palabra de Ferrari, esa que pesa más que el iridio.







