Mythos y logos

Milfred continúa rodando por la larga carretera italiana, con el aplomo y la seguridad de un anfitrión que te enseña orgulloso su casa por primera vez. Belkor y Ferrari ríen y cantan, sumándose al rumor constante del viejo motor diésel, que trabaja alegremente en la parte alta de su rango de revoluciones. Yo observo el paisaje por la ventana y, de repente, sé que estamos en Bolonia. Solo aquí verías extensos campos de cannabis desplegados a ambos lados de la autopista, creciendo al sol sin preocuparse demasiado por quién los vea. Inspiro profundamente y recuerdo que, gracias a esta planta sagrada, sigo moviendo la cola. Unas horas más tarde empiezo a reconocer lugares. Creo que fue en este mismo cruce donde nos encontramos con nuestras versiones del pasado, viniendo desde Holanda. Durante un instante, viajamos los seis juntos hacia el sur: Ferrari, Belkor y yo de entonces, y Ferrari, Belkor y yo de ahora. Ellos no parecen darse cuenta. Yo sí. Los perros estamos más atentos a esas cosas.



Despertamos rodeados de camiones. Ferrari está otra vez debajo de Milfred. Es la tercera vez que repara el mismo pinchazo en una de las cuatro ruedas traseras, pero cada intento viene acompañado de más optimismo que el anterior.

—Esta vez sí.
—Esta vez sí que sí.
—Ahora le he puesto dos parches a la vez. Ahora fijo.

Esa ha sido la secuencia exacta de los acontecimientos. A cualquier otro le habría sumido en la más profunda miseria moral. A Ferrari, en cambio, parece elevarlo poco a poco, como un Ave Fénix torpe pero irreductible que resucita trastabillada en cámara lenta. Si esto fuera una partida de mus, él echaría órdago a tu órdago. Si el segundo parche fallase, apostaría un tercero. Y si el tercero también fallase, empezaría a explicarte con entusiasmo por qué, en realidad, el nuevo fallo jugaba a nuestro favor. Ese es Ferrari. Si no existiera, habría que inventarle.



Esta vez el puerto está al sur. Muy al sur. Llegamos hasta la mitad del tacón de la bota italiana: jamás habíamos descendido tanto. En el puerto cohabita un ecosistema peculiar. Por un lado está esa sensación de frontera. Una calma extraña, sostenida, como si las paredes supieran demasiadas historias y hubieran decidido no contarlas. La policía intenta poner orden en un caos que parece exceder cualquier intento de organización. Dos marroquíes venden ropa desde coches abiertos de par en par, convertidos en improvisadas haimas. Al pasar junto a ellos nos exigen, visiblemente ofendidos, que les compremos algo. Son distintas técnicas de marketing.



Camioneros turcos y búlgaros esperan su turno mientras sus rostros muestran esa mezcla tan particular de cansancio y serenidad que solo da la carretera. Todo ello bajo una luz ocre, pintada por un sol meridional que ya aprieta con fuerza. Es media mañana y el aire huele a tarde de verano.

Llegamos justo a tiempo y embarcamos en el ferry. Situaciones que se han vuelto tan cotidianas para nosotros como para otros lo es meter la compra en el maletero.

Ocho horas de travesía. En el suelo.

Esta vez no hay glamour. No hay cabina. No hay historias cargadas de júbilo. Solo tres perros tumbados en una esquina, cubiertos por la misma manta. Belkor nos abraza a los dos. Ferrari gruñe entre sueños y se rasca la oreja con la pata. Creo que ha llevado demasiado lejos su admiración por mí.



Ya es de noche, pero Grecia sigue oliendo a Grecia, y me doy cuenta, antes que nadie, de que estamos. Bajamos del ferry y vuelvo a pisar la tierra donde los filósofos caminaban en círculos buscando respuestas al universo. Y eso, créeme, es algo que se nota por dentro.

Caminamos por las calles oscuras de la ciudad portuaria y nos sentimos en nuestro sitio. Ruido y olor a gasolina mal quemada. La ronca bocina de un ferry en la lejanía. Sombras fugaces. Sombras dentro de las sombras. Los perros callejeros, cubiertos de polvo y cargados de experiencias y cicatrices, salen en busca de la cena. No ladran. Observan a distancia y se acercan despacio, dibujando amplios semicírculos. Tranquilos. Seguros. Perros que no han dejado de ser perros. Recuerdo mi pasado en forma de flash back y me siento uno más del grupo, mientras continúo mi paseo relajado.



Pero entonces uno de ellos, pequeño y negro, clava la mirada en mí. Se queda inmóvil durante un segundo y, de repente, sale corriendo hacia nosotros con los ojos fuera de las órbitas. Los demás levantan la cabeza y abandonan sus asuntos. Ahora todos me observan. Me detengo y oriento mis treinta kilos hacia el tumulto.

—¡Es Capitán Jack, el astronauta! 

Vaya. Las noticias viajan rápido. Más rápido que Milfred
, pienso. La tensión desaparece al instante. De pronto me encuentro rodeado de perros exaltados contemplando a una celebridad.

—Él llevó la nave hasta la Luna.
—La llevó tirando de ella con un arnés espacial.
—Luchó contra tres perros alienígenas mientras corría por los anillos de Saturno.
—Dicen que si le miras directamente a los ojos te conviertes en gato
—llega a afirmar un enorme mastín, asintiendo con gravedad ante el asombro general.

Reconozco que algunas historias pueden haber sido ligeramente exageradas, o mezcladas entre sí, pero disfruto del baño de masas. Al fin y al cabo, me debo a ellos. Porque todos necesitamos un héroe.



Llegamos a la playa. La escalera de Milfred emite su ruido característico y la puerta se abre. Me dispongo a bajar y desgastar un poco mis herraduras, pero algo me lo impide. Una sonriente perra blanca mueve la cola y se interpone en mi camino. Se llama Margarita. Durante los siguientes días nos acompañará por el pueblo. Tiene menos de dos años y me sigue con absoluta devoción allá donde vaya. Huele donde yo huelo, observa lo que yo observo e incluso intenta copiar algunos de mis movimientos. Para un perro tan joven, compartir instantes cotidianos con un viejo experimentado equivale a una auténtica masterclass de la vida. Algunas lecciones se enseñan corriendo. Otras simplemente caminando despacio.



Cae la noche y el ambiente refresca. De camino a Milfred, Belkor divisa algo que se mueve en el agua. Parece un pez atrapado, o quizá solo un plástico que vibra con el viento. Ferrari se quita la camiseta y nada curioso hacia allí. Al poco tiempo regresa a la orilla. Un pequeño gorrión se agarra con sus uñas al dedo índice, como te aferras tú al penúltimo sorbo de ese gin-tonic que se despide mientras me lees. Navagos. El pájaro náufrago. Tras media hora con el secador de pelo, Belkor parece conseguir devolverlo a la vida. Pasa la noche con nosotros y, a las cuatro de la mañana, nos deja claro que ya se encuentra recuperado y completamente listo para retomar su vida de revoloteador oportunista.

Navagos sale de la caja de zapatos y vuela torpe pero vigorosamente hacia la copa del árbol donde se encuentran sus vecinos. Ayer, seguramente, una racha de viento inesperada lo puso en jaque contra el agua fría, y hoy ya está mezclado con los suyos. Seguro que le han recibido con vítores y admiración.

—¡Es Navagos, el pájaro naufrago!
—Cayó al océano y ascendió al cielo en medio de la tormenta.
—Rescató a un humano de la furia del mar, con sus propias garras.
—Dicen que si le miras directamente a los ojos te conviertes en saltamontes.
— creo lograr distinguir en la distancia mientras caminamos sobre nuestros pasos. Porque todos necesitamos un héroe. Hasta los intrépidos gorriones de Grecia.



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