No estaba muerto, estaba de parranda (con acento mejicano)

Hola amigos. Tras mi necesario y merecido retiro espiritual vuelvo a dirigirme a todos vosotros. Y no lo hago por gusto, ni porque os haya echado de menos. Ni porque mi cerebro necesitase una nueva dosis de adrenalina con la que alimentar a este personaje desmesurado. Han pasado ya unas cuantas semanas sin noticias, y he visto necesario salir a desmentir los rumores y comentarios que comenzaban a escucharse: 

No, no me ha atropellado un camión y estoy ya criando malvas. Tampoco me han detenido en la triple frontera sudamericana portando fardos de cocaína cosidos en un arnés de camuflaje, ni me he rapado la cabeza y me he retirado al Tíbet a meditar sobre la existencia con los monjes. No he cambiado de identidad y estoy en Alaska buscando oro, ni me he enrolado en un barco pirata, aunque perfectamente podría haberlo hecho. Bien, una vez aclarados todos estos puntos podría dejarlo aquí y retomar la actividad que estaba haciendo, pero ya que me he puesto delante de la pantalla después de tanto tiempo voy a tirar unas líneas. Sí, lo reconozco, soy un yonqui del éxito.



En los últimos dos meses han pasado pocas cosas. El tiempo y poco más. Hoy llueve y yo llevo todo el día tumbado, alternando siestas y estiramientos. Esta ha sido mi rutina la mayoría de los días desde que llegamos a casa, especialmente cuando hace frío, y más si hago memoria y recuerdo el benigno clima canario, sus gentes y sus playas salvajes. El último año ha sido intenso. Y es que sobrevivir a un ultimátum puede convertirse en el tónico que necesitabas para dar un golpe de timón a tu vida y pisar el acelerador. Tendemos a temer a la muerte, pero quizá no entendamos su significado como precursor imprescindible para toda esta película.

Este viaje nació de la nada y en muy poco tiempo. Como si cogieras un lienzo en blanco y en media hora pretendieras diseñar la maquinaria para echar a andar. Ha sido intenso y divertido, pero es innegable que ha dejado cicatrices en todos nosotros, cicatrices que cada uno cura ahora a su manera.



Belkor saca fotos, más que nunca. Muchos días sale pronto por la mañana con su mochila y vuelve a la noche. Lo fotografía todo. Pájaros, perros, gente. Una anciana que camina en la playa. Un gato desprevenido que duerme. Cosas cotidianas que parecían destinadas a no ser descubiertas por nadie. Belkor es como una cazadora de momentos.

Ferrari ha pasado semanas enteras viviendo debajo de Milfred, con su caja de herramientas, poniéndola a punto y haciendo las reparaciones y mejoras que había ido anotando en una lista durante el viaje. Así es como él ordena las piezas en su cabeza. Solo. Silencio. Hierro y grasa de motor. Polvo y virutas en sus ojos. Cuando llega a casa se tumba en el suelo a mi lado y duerme un rato.

Milfred lleva semanas aparcada sobre Ferrari, mientras sus heridas de guerra van sanando poco a poco. En todo el viaje no se ha quejado de nada, pero eso no significa que no tuviera dolencias que requirieran atención y que a cualquier otro le habrían obligado a parar entre quejidos. Así es Milfred. Estoy seguro de que los estoicos ya hablaban de ella recostados en el pórtico del ágora.



Y yo desde la altura miro por la ventana. Pasan un perro blanco y otro marrón hacia la izquierda. El perro de enfrente sale a ladrar al jardín. Viene el cartero. Se va el cartero. Pasa una moto negra. El perro blanco y el marrón vuelven hacia la derecha. Y enfrente, el monte verde al que llevo yendo toda mi vida. Antes corriendo, ahora jadeando. Todas las mañanas tras el desayuno subo ahí con Ferrari. Él me observa con atención, en silencio, pretendiendo no interferir. Mis viejas patas traseras traccionan los primeros metros de la cuesta y mis omóplatos flotantes hacen el juego hacia adelante que llevan casi quince años y medio haciendo, a la vez que mi cabeza avanza con un leve balanceo de abajo a arriba. Ferrari sonríe. Si Jack está bien, todo está bien - le he oído decir en bajito alguna vez. Llegamos a lo alto del monte desde donde se divisa en miniatura la misma ventana por la que ahora estoy mirando, y ambos respiramos profundo. Al instante busco un palo, corro y le reto. Él pretende pararme, pero ni yo, ni su Ferrari interior se lo permiten. Jugamos como antes, jugamos como siempre. Volvemos sobre nuestros pasos, pero a medio camino me planto y le invito a seguir subiendo por otro lado y dar la vuelta larga hasta casa, la que hace ya años que no hacemos. No accede, insisto, insiste y desiste. Sabe, dentro de sí, que pertenezco al bosque.



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Es de noche y llueve a cántaros, "cats and dogs", que dirían los ingleses. Ferrari abre la puerta y subo, después lo hace Belkor cargada de bolsas. Tras unos minutos, Milfred despierta y ruge con ganas. Enseguida estamos en carretera. Bienvenido a casa - escucho, y me acurruco mientras cierro los ojos. Llevamos ya tres días de ruta cruzando el sur de Francia. Los paisajes cargados de pinos y olivos te evocan legiones romanas caminando hacia el nuevo mundo. Via Jackus - Pienso para mis adentros. Joder, qué bueno. Qué humorista se ha perdido la humanidad por no hablar. 



Tan pronto como entramos en Italia, el mar de Liguria se presenta majestuoso ante nosotros. Si mi vista fuese tan fina como mi olfato, a lo lejos distinguiría Córcega, y un pueblo asentado en el terreno árido. Y quizá una casa de piedra bajo la sombra de un olivo centenario. Y a través de la ventana, un pastore corso, sentado en la mesa de madera, grita gesticulando con ambos brazos: "Mamma mia, che buona questa pizza di bufala!" a la sonriente abuela de pobladas cejas, vestida de negro con lunares blancos.



Continuamos de viaje y, por primera vez en mucho tiempo, volvemos a conectar y a sonreír tranquilos. Creo que, sin darnos cuenta, ya hemos cruzado la peligrosa línea sin retorno, y hoy estamos un poco más vivos que ayer.



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