El día que nos vimos pasar
La luz del semáforo estaba en rojo.
Ferrari apoyaba un pie en el suelo mientras mantenía el equilibrio sobre la bicicleta con esa dignidad mecánica suya, como si incluso quieto estuviera preparado para salir disparado hacia alguna misión imposible. Velcor tenía las manos escondidas dentro de las mangas porque el viento de la tarde bajaba frío desde la montaña. Y yo… bueno, yo estaba sentado en el remolque mirando a los coches como un jubilado observa obras. Con juicio. Mucho juicio.
Entonces pasó Milfred.
O mejor dicho:
pasamos nosotros.
Ferrari fue el primero en verlo.
—Mira —dijo sonriendo—. Ahí van Ferrari, Jack y Velcor.
Y saludó.
Saludó de verdad. Con la mano. Como un idiota precioso.
Dentro de Milfred iban tres versiones nuestras atravesando otro punto del tiempo. Quizá de hace dos años. O de dentro de cinco. Da igual. El caso es que ahí estaban: avanzando despacio entre el tráfico, mirando distraídos por la ventana, sin darse cuenta de que los mirábamos. Sin saber aún todo lo que les iba a pasar.
Velcor sonrió también. Ella siempre entiende rápido estas cosas invisibles.
Y entonces empezó el juego.
Porque cuando vuelves a un lugar donde ya has estado muchas veces, no puedes evitar pensar en quién eras allí la última vez. No físicamente. Más bien… por dentro.
“¿Te acuerdas de los miedos que teníamos aquí?”
“¿Te acuerdas de las dudas?”
“¿Te acuerdas de todo lo que aún no habíamos hecho?”
Y eso es lo extraño.
Que el semáforo sigue siendo el mismo.
El banco sigue siendo el mismo.
La carretera sigue igual.
Pero tú no.
Nunca vuelves siendo la misma criatura.
La ciencia dice que el cuerpo humano cambia constantemente. Las células mueren, se regeneran y se reemplazan. Con el tiempo, gran parte de lo que eres desaparece para dejar sitio a una nueva versión de ti. Técnicamente, aquellos Ferrari, Velcor y Jack que esperaron aquí hace años ya no existen del todo.
Y aun así… seguimos saludándolos.
Porque algo permanece.
Quizá no la piel.
Quizá no el miedo.
Pero sí la intención.
Las ganas.
La forma en la que uno ama.
A veces somos los del pasado.
Parados en el paso de peatones sin tener ni idea de lo que vendrá después.
Y otras veces somos los del futuro, cruzando dentro de Milfred mientras miramos con cariño a esos tres que aún no saben todo lo que conseguirán superar.
Y siempre pensamos lo mismo:
—Tranquilos. Vais bien.
El semáforo se puso en verde.
Ferrari empezó a pedalear.
Velcor respiró hondo mirando el cielo, como hace siempre cuando siente demasiado.
Y yo cerré los ojos mientras el traqueteo de la bicicleta volvía a poner el mundo en movimiento.
Entonces imaginé algo.
Imaginé otro semáforo.
Otro momento.
Otro nosotros.
Ferrari y Velcor esperando abajo, quizá con más arrugas, quizá más tranquilos. Sonriendo mientras los coches pasan delante.
Y entonces aparece Milfred.
Pero esta vez quien conduce soy yo.
Yo, Jack.
Con 18 años, las patas apoyadas en el volante y cara de viejo camionero que ya ha visto demasiado mundo.
Ferrari seguramente irá de copiloto protestando porque conduzco muy rápido.
Velcor mirará el mar por la ventana como siempre.
Y yo bajaré un segundo el cristal para saludar a esos Ferrari, Velcor y Jack del pasado que esperan en el semáforo.
Ellos levantarán la mano.
Yo también.
Y durante un instante, todos entenderemos lo mismo:
Que quizá vivir no consiste en avanzar hacia delante.
Quizá vivir consiste en convertirse, poco a poco, en alguien capaz de mirar a todas sus versiones anteriores… y sonreírles con ternura.
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A continuación, una recreación aproximada de los hechos. Puede contener alteraciones temporales, fallos espaciales y un perro conduciendo ilegalmente.
